Aplausos
Un domingo tormentoso, en Tokio, entré en
unos grandes almacenes unos minutos antes del cierre. No
había nadie pero los dependientes estaban perfectamente alineados junto a sus
mostradores, mas tiesos que una vela. A mi paso, iban doblándose
hacia delante en una reverencia digna del protocolo de la corte española y
decían no se qué. Me sentí, Carlomagno, Cleopatra, Liz Taylor… Así que, como no
era muy probable que me volviera a ocurrir algo así, anduve dando vueltas entre
mis súbditos hasta que me echaron.
Yo no salgo a aplaudir a
mi terraza a las ocho. Salgo un poquito después porque me gusta la sensación de
salir y que me reciban con un aplauso. Aún no me atrevo, pero un día doblaré mi
cuerpo por la cintura inclinándolo lentamente hacia delante para luego incorporarme
mientras abro mis brazos para saludar a mis admiradores.Quizá incluso, si la enajenación aumenta, arrample con el florero y salga a saludar abrazando el ramo de hortensias secas.
Al tiempo.





